sábado, 31 de diciembre de 2011

José María Heredia: En el aniversario 208 del natalicio del Cantor del Niágara


José María Heredia y Heredia está considerado el primer poeta romántico de América. Fue abogado, profesor de lenguas, diplomático, periodista, historiador, diputado, tipógrafo, escribió numerosas poesías, obras de teatro, de historia, informes jurídicos, redactó periódicos y sirvió siempre con dignidad y con sacrificio a Cuba y a México.
José María Heredia, también conocido como el Cantor del Niágara, nació el 31 de diciembre de 1803 en Santiago de Cuba, Cuba. A los dos años viaja con su familia hacia Pensacola, por haber sido nombrado su padre, José Francisco Heredia, Asesor de la Intendencia de la Florida Occidental, que era aún posesión de España. Fue iniciado en las primeras letras por su padre y aprendió con tal interés que a los tres años sabía leer y escribir. A los siete años ya era apto para estudiar facultades mayores y a lo ocho años traducía a Horacio.
El padre, doctor en ambos derechos, hombre ilustrado, latinista profundo, le había enseñado con sus lecciones y con su ejemplo a ser honrado y a vivir con austeridad. El hogar fue su única escuela, de costumbres y de saber. Nombrado el padre Oidor (magistrado) de la Audiencia de Caracas estuvo el niño Heredia seis meses en La Habana y dos años en Santo Domingo hasta que la familia pudo reunirse toda en Venezuela.
El período comprendido entre los años de 1812 a 1817 fue uno de los más terribles de la guerra de independencia americana, tanto en victoria como derrotas, destacándose Francisco de Miranda y Simón Bolívar, y entre los realistas, Boves, Miyares, Morillo, Monteverde. 

En la Universidad de Caracas cursa estudios de gramática latina en el año 1816. De entonces datan sus primeros poemas manuscritos conocidos.
Al regresar la familia a La Habana en Diciembre de 1817, comienza estudios de leyes en la Universidad de la Habana y, hacia 1819, actúa en Matanzas en representaciones de su obra “Eduardo IV” o “El usurpador clemente” (probablemente una traducción) y compone la tragedia “Moctezuma” y el sainete “El campesino espantado”.
Las luchas de Caracas lanzaron en 1819 al Oidor Heredia hasta México en cuya Audiencia ocupó el cargo de Alcalde del Crimen (juez de instrucción) cuando su hijo terminaba el segundo año de la carrera de leyes. En la universidad de esta ciudad matricula nuevamente el primer curso de leyes. Por esta época comienza a colaborar en publicaciones periódicas y reúne sus composiciones poéticas iniciales en dos cuadernos manuscritos. 
Tras la muerte de su padre, regresa la familia a La Habana en febrero de 1821, donde obtiene el grado de Bachiller en Leyes. Aquí funda la Revista “Biblioteca de Damas” (Mayo – Junio 1821), de la que sólo vieron la luz cinco números, donde publicó diversos trabajos suyos. Estrena la tragedia “Atreo”, imitada del francés, en Matanzas en el año 1822.
En 1823 recibe el título de abogado en la Audiencia de Puerto Príncipe. De regreso a Matanzas, es denunciado por conspirar contra la dominación española como miembro de los Caballeros Racionales, rama de la orden de los Soles y Rayos de Bolívar, y se dicta contra él auto de prisión el 5 de noviembre de 1823. Este es el inicio de su gloria.
Huyó de los servidores del Capitán General Vives y viaja hacia los Estados Unidos abordando clandestinamente el 14 de noviembre un navío desde el puerto de Matanzas hacia Boston.
Se traslada más tarde a Nueva York y visita distintos lugares de los Estados Unidos, entre ellos las cataratas del [[Niágara] donde escribió su popular “Oda al Niágara”, y allí supo algún tiempo más tarde que había sido condenado al destierro, lo que impedía su regreso a Cuba. Entonces, ya publicada en Nueva York la primera edición de sus poesías que le había dado fama continental.
En 1824 entra como profesor de lengua española en el colegio neoyorquino de M. Bancel.
En el año 1825 se traslada a México invitado por el presidente de esa nación, Guadalupe Victoria y es designado funcionario de la Secretaría de Estado y del Despacho de Relaciones Interiores y Exteriores en 1826.
Durante algunos meses de ese mismo año fue coeditor de “El Iris”, periódico literario. Juez de Primera Instancia de Cuernavaca en 1826, Fiscal de la Audiencia de México en 1828, oidor de la misma en el siguiente año, restituido en 1830 al juzgado de Cuernavaca, las vicisitudes de su carrera administrativa corren parejas con las intensas agitaciones políticas del país.
En 1829 había fundado en “Tlalpam Miscelánea”. Periódico crítico y literario, que a partir de 1831 comienza a publicarse en Toluca, ya en su segunda época y hasta julio de 1832, bajo el título de “La Miscelánea” ya que Heredia había sido nombrado oidor de la Audiencia de esta segunda ciudad. También en Toluca, en 1834, publica la Revista “Minerva”.
Realizó una abundante labor como traductor. Del inglés tradujo las novelas “Waverly” o “Ahora sesenta años” (Méjico, Imp. de Galván, 1833), de W. Scout, y El Epicúreo; de Thomas Moore; tradujo y refundió los “Elementos de historia del profesor Tyler” bajo el título “Lecciones de Historia Universal” (Toluca, Imp. del Estado, 1831-1832. 4 t. en 2 v.), de la que existe otra edición, dirigida por José A. Rodríguez García (La Habana, Cuba Intelectual, 1915).
Tradujo libremente del francés numerosas tragedias. Entre las publicadas en vida del poeta se encuentran “Sila”, tragedia en cinco actos (México, Imp. del ciudadano Alejandro Valdés, 1825), de V.J.E. Jouy, y “Tiberio”, tragedia en cinco actos (México, Imp. del Supremo Gobierno, en Pa!acio, 1827), de J. M. B. Chenier.
Y entre las no publicadas en vida del poeta, “Pirro”, de Jolgot de Crebillón; “Abufar o la familia árabe”, de Ducis; “Cayo Graco”, de Chenier; “Saúl” , de V. Alfieri; “El fanatismo” , de Voltaire.
No hay seguridad de que sea original suya “Los últimos romanos” (Tlalpam, Imp. del Gobierno, 1829). De entre todas las obras anteriores, parece ser esta última la única que no pudo estrenarse en vida del poeta por razones políticas.
Tradujo numerosos poemas del latín, el francés, el italiano y el inglés. Entre las otras muchas traducciones menores que hizo puede señalarse, del francés, el “Bosquejo de los viajes aéreos” de Eugenio Robertson en Europa, los Estados Unidos y las Antillas (Méjico, Imp. de Galván, 1835), por E. Roch.
Sus poemas han sido traducidos a diversos idiomas extranjeros; puede mencionarse en especial la traducción inglesa en verso realizada por James Kermedy, “Selections from the poems of D. José María Heredia”. La Habana, J. M. Eleizegui, 1844).
Era frecuente que firmara sus artículos periodísticos con solo la inicial de su apellido. En sus comienzos como escritor, utilizó el seudónimo Eidareh. Entre sus poemas se destacan “A Niágara”, “En el teocalli de Cholula”, “A la estrella de Venus”.
Su intensa actividad como periodista, miembro de la Legislatura del Estado, orador parlamentario y cívico, catedrático, conspirador, Ministro de la Audiencia, etcétera, en un medio de incesantes convulsiones políticas, lo llevó a una actitud de desaliento, agravada por la muerte de su hija Julia Heredia y el quebranto de su salud. 
El abril de 1836 le escribe a Miguel Tacón, Capitán General de la Isla de Cuba, una carta en la que se retracta de sus ideales revolucionarios y solicita permiso para volver a su patria, en donde residía su madre. Concedido el permiso regresa a La Habana a principios de noviembre. Sus antiguos amigos, con Domingo del Monte a la cabeza, desaprueban la carta a Tacón y rehuyen su compañía.
Enfermo y desalentado, embarca de regreso hacia Veracruz en Enero de 1837. Pero en México había perdido ya su influencia política, pasando de Ministro de la Audiencia a ser simple redactor del Diario del Gobierno.
Muere en México el 7 de mayo de 1839 debido a la tuberculosis. En la actualidad en su ciudad natal sesiona la Junta Heredia creada por investigadores y estudiosos de la vida del poeta, ensayista y dramaturgo. 

Tomado del sitio digital EcuRed.cu


Himno del Desterrado
¡Cuba, Cuba, que vida me diste,
dulce tierra de luz y hermosura!
¡Cuánto sueño de gloria y ventura
tengo unido a tu sueño feliz!
¡Y te vuelvo a mirar...! Cuán severo,
hoy me oprime el rigor de mi suerte
la opresión me amenaza con muerte
en los campos do al mundo nací.
Mas ¿qué importa que truene el tirano?
pobre, sí, pero libre me encuentro.
Sólo el alma del alma es el centro:
¿Qué es el oro sin gloria ni paz?
Aunque errante y proscrito me miro,
y me oprime el destino severo;
por el cetro del déspota ibero
no quisiera mi suerte trocar.
¡Dulce Cuba!, en su seno se miran
en el grado más alto y profundo,
las bellezas del físico mundo,
los horrores del mundo moral.
Te hizo el cielo la flor de la tierra;
mas, tu fuerza y destinos ignoras,
y de España en el déspota adoras
al demonio sangriento del mal.
¡Cuba, al fin te verás libre y pura!
Como el aire de luz que respiras,
cual las ondas hirvientes que miras
de tus playas la arena besar.
Aunque viles traidores te sirvan,
del tirano es inútil la saña,
que no en vano entre Cuba y España
tiende inmenso sus olas el mar.

Oda al Niágara
Templad mi lira, dádmela, que siento
en mi alma estremecida y agitada
arder la inspiración. ¡Oh!! ¡cuánto tiempo
en tinieblas pasó, sin que mi frente
brillase con su luz!... ¡Niágara undoso;
tu sublime terror sólo podría
tornarme el don divino, que, ensañada,
me robó del dolor la mano impía!
Torrente prodigioso, calma, calla
tu trueno aterrador; disipa un tanto
las tinieblas que en torno te circundan;
déjame contemplar tu faz serena
y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
lo común y mezquino desdeñando.
ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
al retumbar sobre mi frente el rayo,
palpitando gocé; vi al Océano,
azotado por austro proceloso,
combatir mi bajel, y ante mis plantas
vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.
Mas del mar la fiereza,
en mi alma no produjo
la profunda impresión que tu grandeza,
Sereno corres, majestuoso, y luego
en ásperos peñascos quebrantado,
te abalanzas violento, arrebatado,
como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
de la Sirte rugiente
lo aterradora faz? El alma mía
en vago pensamiento se confunde
al mirar esa férvida corriente
que en vano quiere la turbada vista
en su vuelo seguir al borde obscuro
del precipicio altísimo; mil olas,
cual pensamientos rápidos pasando,
chocan y se enfurecen,
y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
y entre espuma y fragor desaparecen.
¡Ved: llegan, saltan! El abismo horrendo
devora los torrentes despeñados;
crúzanse en él mil iris, y asordados
vuelven los bosques el fragor tremendo.
En las rígidas peñas
rómpese el agua; vaporosa nube
con elástica fuerza
llena el abismo en torbellino, sube,
gira en torno, y al éter
luminosa pirámide levanta,
y por sobre los montes que le cercan
al solitario cazador espanta.
Más, ¿qué en ti busca mi anhelante vista
con inútil afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
y al soplo de las brisas del Océano,
bajo un cielo purísimo se mecen?
Este recuerdo a mi pesar me viene...
Nada ioh Niágara! falta a tu destino,
ni otra corona que el agreste pino
a tu terrible majestad conviene.
La palma y mirto y delicada rosa,
muelle placer inspiren y ocio blando
en frívolo jardín; a ti la suerte
guardó más digno objeto, más sublime.
E! alma libre, generosa, fuerte,
viene, te ve, se asombra,
el mezquino deleite menosprecia,
y aun se siente elevar cuando te nombra
¡Omnipotente Dios! En otros climas
vi monstruos execrables
blasfemando tu nombre sacrosanto,
sembrar error y fanatismo impíos,
los campos inundar con sangre y llanto,
de hermanos atizar la infanda guerra,
y desolar frenéticos la tierra.
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
en grave indignación. Por otra parte
vi mentidos filósofos, que osaban
escrutar tus misterios, ultrajarte.
y de impiedad al lamentable abismo
a los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente,
en la sublime soledad; ahora
entera se abre a ti; tu mano siente
en esta intensidad que me circunda;
y tu profunda voz hiere mi seno
de este raudal en el eterno trueno.
¡Asombroso torrente!
;Cómo tu vista el ánimo enajena!
y de terror y admiración me llena!
¿Do tu origen está? ¿Quién ferti!iza
por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Que poderosa mano
hace que al recibirte
no rebose en la tierra el Óceano
Abrió el Señor su mano omnipotente;
cubrió tu faz de nubes agitadas,
dió su voz a tus aguas despeñadas
y ornó con su arco tu terrible frente.
Ciego, profundo, infatigable corres,
como el torrente oscuro de los siglos
en insondable eternidad...! Al hombre
huyen así las ilusiones gratas,
os florecientes días,
y despierta al dolor... ¡Ay! agostada
yace mi juventud; mi faz, marchita,
y la profunda pena que me agita
ruga mi frente de dolor nublada.
Nunca tanto sentí como este día
mi soledad y mísero abandono
y lamentable desamor... ¿Podría
en edad borrascosa
sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡Si una hermosa
mi cariño fijase,
y de este abismo al borde turbulento
mi vago pensamiento
y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara viéndola cubrirse
de leve palidez, y ser más bella
en su dulce terror, y sonreírse
al sostenerla mis amantes brazos...
Delirios de virtud... ¡Ay! ¡Desterrado,
sin patria, sin amores,
sólo miro ante mi llanto y dolores!
¡Niágara poderoso!
¡adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años
ya devorado habrá la tumba fría
a tu débil cantor. ¡Duren mis versos
cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
viéndote algún viajero,
dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en Occidente,
feliz yo vuele do el Señor me llama,
y al escuchar los ecos de mi fama,
alce en las nubes la radiosa frente.