sábado, 31 de diciembre de 2011

José White: A 176 años del natalicio del autor de la inmortal “La Bella Cubana”


Por Roberto Pérez Betancourt. José Silvestre White Laffite, autor de la inmortal canción La bella cubana, nació el 31 de diciembre de 1835 en la ciudad de Matanzas y con el decursar del tiempo ha sido  considerado uno de los más eminentes violinistas de todas las épocas, apreciación en la que se inserta el juicio de José Martí, quien, refiriéndose al artista, dijo: Yo honro en él a la vigorosa inspiración, y la ternura y la riqueza de mi tierra queridísima cubana. El debe el genio al alma y el alma al fuego que la incendió y la calentó.
Quienes conocieron al intérprete coinciden en afirmar la calidad interpretativa de sus presentaciones, que califican de asombrosas y de técnica insuperable, buen gusto, afinación y elegancia.
Este hijo de  un culto comerciante francés y una cubana de raza negra, se interesó por el violín desde muy temprano, pues se afirma que a los cuatro años de edad manejaba el instrumento, y a los ocho ya estudiaba con sistematicidad los elementos del arte musical, y al cumplir los 15 compuso su primera obra: misa para orquesta.
Recuerdan los biógrafos de White Laffite, que al llegar a los 19 años, el violinista asombraba a las audiencias y dominaba 16 instrumentos musicales, entre los que se incluían el piano, la flauta, el cornetín y la trompeta.

El 21 de marzo de 1855, ofreció su primer concierto, en la ciudad de Matanzas, acompañado por el célebre pianista norteamericano Luis M. Gottschalk. Y al año siguiente, en julio de 1856, ganó el primer premio de violín en el Conservatorio de París, con lo cual quedó consagrado definitivamente en la aristocracia de los virtuosos del instrumento.
Alternó White Laffite con  celebridades musicales de su época, y mereció la admiración y la amistad de su maestro, Alard, de Thomas, Rossini, Gounod, Sarasate, David, Saint-Sains, y de cuantos grandes músicos le conocieron. 
También  fue aclamado por el público y la crítica de París, Madrid, Nueva York y otras grandes ciudades. Además tuvo el honor de ser invitado a tocar su Stradivarius en el Palacio de las Tullerías, de París, ante los emperadores Napoleón III y Eugenia; en el Palacio Real, de Madrid, ante la reina Isabel II, que le concedió la Gran Cruz de Carlos III y le regaló una botonadura de brillantes, así como en otras mansiones de la aristocracia europea.
Entre los honores recibidos, recogidos por los historiadores de la música destaca  el nombramiento de director del Conservatorio Imperial de Río de Janeiro en Brasil y fue maestro de los hijos del emperador don Pedro II de Braganza; cargos que desempeñó hasta 1889, en que, con la caída del Imperio carioca, White dimitió y regresó a París donde fue maestro en el Conservatorio de la ciudad; y después continuó transmitiendo sus enseñanzas a algunos discípulos, en su casa de la ciudad del Sena. 
A pesar de los muchos lauros y la distancia, White nunca olvidó a su patria, a cuya redención contribuyó, por lo que fue perseguido en 1875 hasta llevarlo a la expatriación. A su Cuba distante consagró una de sus últimas creaciones, Marcha Cubana, escrita en 1909.
Su espléndido talento creador quedó patentizado para siempre en sus diversas obras, entre ellas, las obras de piano, para clavicordio y orquesta, y para cuarteto de cuerdas. Su fama como compositor se asienta principalmente en el excelente Concierto para Violín y Orquesta, en la siempre popular La Bella Cubana, para violín y piano, transcrita posteriormente para voz y piano, sus Seis grandes estudios de violín, aprobados por el Conservatorio de París; varias fantasías, obras de música religiosa y sus bellísimas danzas de concierto como Juventud, en las que vibra el temperamento cubano en ondas cálidas de exquisitas melodías. 
En París, el 15 de marzo de 1918, a la edad de ochenta y dos años falleció el sapientísimo maestro de maestros.

Tomado del sitio digital TV Yumurí